Somos defectuosos,
imperfectos y, aun así, orgullosos. Pensamos que las cosas van a ser
para siempre. Que somos invencibles y que, por ello, lo que nos rodea
también lo es. Y sin embargo, un buen día nos despertamos y
descubrimos nuestro engaño, que el ayer duele y que el mañana ya no
existe. Ya no hay un «nosotros», tan solo una angustiosa y
demoledora sensación de soledad que te arrastra a los abismos más
profundos de tu ser. A lugares oscuros y deprimentes que ni siquiera
sabías que existieran dentro de ti.
No
importan las palabras de consuelo ni el aliento que te ofrecen para
pasar esa página porque era tan bello el pasado y tan triste el
presente que cómo dejarlo marchar.
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